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Tomar, el legado templario



Tras años de lucha contra los musulmanes, un Gran Maestre de la Orden del Temple construyó en Tomar, la antigua Nabancia romana, la sede portuguesa de la orden. Tras su desaparición, los Caballeros de Cristo heredaron sus pertenencias y conocimientos. Y uno de sus monjes fue el responsable de la financiación y los ideales que propiciaron los grandes descubrimientos portugueses en Asia, América y África

Corría el año 1307 y el poder templario en todo el mundo cristiano llegaba a su fin. Presionado por el rey de Francia, el papa Clemente V redactaba una bula en la que acusaba a la orden de los monjes guerreros todo tipo de herejías, desde la idolatría contraria a la fe cristiana, hasta la blasfemia contra los símbolos de Cristo, pasando por todo un rosario de acusaciones que hirieron mortalmente a la orden.



Mientras en los países centroeuropeos los líderes de la orden morían en la hoguera acusados de las más blasfemantes herejías, desde lo alto del convento que la orden tenía en Tomar, los que alguna vez fueron los caballeros de la Orden del Temple respiraban tranquilos. Ya no velarían por los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa ni su poder económico haría temblar a reyes y señores, pero seguían vivos.

Tras su caída, su gran poder económico fue traspasado a la Orden de los Hospitalarios, con la excepción las posesiones de España y Portugal. Así, las pertenencias de los Templarios –y los propios monjes guerreros- pasaron en 1312 a la flamante Orden de los Caballeros de Cristo en Portugal. A ella pertenecerían importantes monarcas y personajes relevantes de los descubrimientos portugueses, muchos de ellos educados entre las paredes del enigmático castillo y su convento. La ciudad que fue sede de la poderosa orden, también lo fue de sus sucesores. Es así que recorriendo sus calles, paseando por la ribera del río Nabão o visitando sus iglesias aun se puede ver la impronta de su legado.

Para el ojo del visitante, los rastros de los templarios y sus herederos se pueden ver en la Iglesia de Santa María dos Olivares, en la avenida Marqués de Tomar, o en las antiguas piedras junto al río Nabão. Y si se busca el mayor legado, solo hace falta alzar la vista hacia los Sete Montes para ver en su cumbre la seña de identidad que marcó para siempre la historia de esta ciudad como heredera y símbolo de la presencia de los Caballeros del Temple en Portugal. Nos referimos al castillo de los Templarios y el vecino Convento de Cristo.

Como si fueran los señores de este paraje bañado por el Nabão, desde este refugio de piedra dominaron la economía y la fe de las gentes de este singular enclave. Y quien sabe si la Orden de Cristo, además de heredar sus pertenencias y su poder, llegaron a poseer la información precisa para que Portugal extendiese sus dominios por América, África y Asia.

Quizá en lo alto de Sete Montes se encuentren los restos de la gloria de la sede de los caballeros más poderosos de la Edad Media. Subamos a comprobarlo.

 

El Castillo y el convento

La llanura que recorre el río Nabão, donde se asienta la localidad de Tomar, se transforma en una escarpada ladera. Un camino sinuoso va dejando cada vez más pequeñas las calles y poco a poco comienzan a dibujarse en lo alto las piedras que forman el castillo que sirvió de sede en Portugal a los míticos monjes guerreros.

Una vez en la cima, las piedras del castillo emergen aun altivas, a pesar de que las huellas del tiempo se dejan ver en la estructura. Los templarios y la propia Tomar están ligados a un personaje llamado Gualdim Pais, que llegó a ser Gran Maestre de la Orden en 1156 y un activo combatiente en la lucha contra la invasión musulmana.

Pais era hijo de un noble nacido en Amares, y fue nombrado por Afonso Henriques, primer rey de Portugal, como maestre de la orden, que por aquel entonces, en 1152, tenía su sede en Braga. Luego de numerosas batallas contra los musulmanes, Gualdim Pais alcanzó en 1156 el mayor grado dentro de la orden y cuatro años más tarde –un primero de marzo- comienza la construcción del castillo de Tomar, ya con la intención de convertirlo en sede de la Orden de los Caballeros del Temple en Portugal.

El Gran Maestre portugués construyó una fortaleza en la línea de defensa central del reino, utilizando los restos de la antigua población luso romana de Nabancia. Una leyenda local cuenta que para elegir el lugar exacto, el templario portugués echó a suertes tres veces hasta ubicar su obra en un alto junto a la cuenca del río.

Ya dentro de las murallas, aún se pueden ver los restos de este enclave templario, así como el Convento de Cristo, heredero de la orden y cuya arquitectura se conserva gracias a las continuas modificaciones que sufrió en la época del esplendor portugués tras los descubrimientos. En el interior, los intrincados pasillos que semejan un laberinto, rosetones y estancias de planta octogonal imprimen al complejo edificio de tres plantas la arquitectura que la orden impuso en todas sus construcciones, y que deriva del arte y la edificación inspirados en el Templo de Jerusalén.

De esta primera etapa del Temple en Tomar quedan parte de las murallas, las inscripciones de cruces templarias, las formas octogonales  y la iconografía enigmática que ofrecía una cosmogonía distinta a la del resto del mundo cristiano. Es así que destaca la imagen de un Cristo victorioso, que contrariamente a las imágenes del mesías crucificado o convaleciente, expone exultante su poder. Los frescos de este Cristo, realizados en la época de esplendor de los Caballeros de Cristo (1510), representan escenas de la vida del Redentor que sorprenden al visitante. Están ubicadas en una nave de dieciséis lados cubiertas con bóvedas que recrean un estilo casi gótico.

 

Tomar y los descubrimientos portugueses

 La Orden de Cristo heredó el castillo de los templarios y allí mismo asentó su sede. Y desde aquel enclave controlaron sus dominios y –al igual que sus predecesores- amasaron una enorme fortuna, herencia de las excelentes operaciones económicas que caracterizaron a la Orden del Temple. Pero sus dominios abarcaban también el ámbito político y el espiritual. Es así que el propio rey Pedro I (1320 – 1367, octavo rey de Portugal) confió a esta orden la educación de su hijo, que en el futuro se convertiría en João I, décimo rey de su país.

Fue uno de sus hijos, Henrique El Navegante, quien alcanzó el grado de Gran Maestre de la Orden de Cristo. Era tercero en la línea sucesoria al trono y no tenía posibilidades de convertirse en rey de Portugal, pero cuando contaba con poco más de 20 años, en 1415, participó en la conquista de Ceuta. Fue a partir de ese momento cuando surgió en el infante la idea de explorar las costas de África. Como máximo representante de la Orden de Cristo, utilizó el cuantioso patrimonio para promover las exploraciones. A pesar de su nombre, Henrique el Navegante pasó poco tiempo a bordo y la fortuna de la Orden la destinó a financiar expediciones, pero también a reunir astrónomos, astrólogos y cartógrafos, llegando a conseguir para Portugal algunos de los más importantes descubrimientos de la época, financiados por la fortuna y apoyado en conocimientos de la Orden de Cristo.

Sin embargo, la empresa que llevó la gloria al reino de Portugal tenía aun un componente más legendario. Y es que la Orden de Cristo estaba marcada –al igual que sus antecesores los Templarios- por su propósito de combatir a los musulmanes. Por este motivo, Henrique El Navegante pretendía eliminar el dominio islámico en África del Norte y en Oriente Próximo.

Con esta intención, pretendía la ayuda del Preste Juan, a quien los relatos de la época atribuían un reino cristiano en África. Considerado como un príncipe en algunos relatos, o religioso cristiano en otros, el reino del Preste Juan se extendería al Este del mundo islámico, en la India. A este personaje se le atribuía el haber ayudado a los cruzados a conquistar Jerusalén; mientras que algunos autores lo identifican con Toghrul, rey del pueblo kerait, convertido al cristianismo nestoriano y asolado por Gengis Khan en 1203. Los relatos sobre el Preste Juan y su mítico reino parecen surgir de Marco Polo.

En todo caso, Henrique el Navegante no encontró el apoyo de este personaje ni su mítico reino. Pero lo cierto es que en la epopeya de los descubrimientos, la Orden de Cristo, con sede en Tomar, se convirtió en su principal responsable. Y así está reflejado en numerosos bajorrelieves y manifestaciones artísticas del convento. Buen ejemplo es la imagen de la fachada Oeste, en el que mezclan motivos marinos ordenados de forma surrealista, que hacen referencia a los descubrimientos.

La iglesia de Santa María de Olivares, ubicada en el centro de la villa, guarda también una relación con la gloria de los descubrimientos. Este templo fue, durante la época, iglesia matriz de todas las de África, América y Asia. El edificio fue construido en el siglo XII y luce un gran rosetón sobre la entrada y planta octogonal.

Y es en este templo donde está enterrado Gualdim Pais, gran maestre de los Templarios y artífice de la construcción del castillo de Tomar y de su grandeza en tiempos medievales.

 

Los judíos y la grandeza de Tomar

La dominación templaria sobre Tomar estaba marcada por la fertilidad de la cuenca del Nabão y a su alrededor convivían los monjes guerreros, con siervos, artesanos, esclavos y –paradojicamente- comunidades judías que tuvieron la única sinagoga de Portugal que aun se conserva. Se encuentra en la calle Doctor Joaquim Jacinto de Tomar. Y es que la vida y el progreso de Tomar estuvo relacionado con mercaderes y burgueses judíos, que formaban una clase social diferenciada en épocas de dominación templaria.

La sinagoga de Tomar tiene planta cuadrangular, cobertura abovedada asentada en columnas y un curioso sistema de iluminación pionero en la época que ofrecía una luz difusa. Fue construida en el siglo XV y cerrada en 1496 cuando los judíos fueron expulsados de Portugal.



Alcobaça, amantes hasta el fin del mundo

Tumba de Inés de Castro (Wikimedia Commons)

Entre la historia y la leyenda, Portugal guarda cientos de historias de amor. De entre todas, la más famosa es la protagonizada por el rey Pedro I e Inés de Castro, cuyo mausoleo se encuentra en el Monasterio de Alcobaça, localidad al norte de Lisboa. Ambos sepulcros están alineados uno frente a otro, por lo que surgió la creencia de que esa posición es para que, cuando despierten el día del juicio final, lo primero que vean es uno al otro.
Todo comenzó en 1340, cuando don Pedro –que entonces aún no era rey– se casó con la princesa castellana Constanza. Una de sus damas de compañía era la noble gallega Inés de Castro, por la que Pedro comenzó a sentir una gran pasión. Ocho años después, Constanza murió durante un parto y el heredero del trono de Portugal no vio impedimentos para asumir abiertamente un romance con Inés, que –contra la decisión de su padre (Alfonso IV)– comenzó en tierras de Coimbra.
La relación no contaba con el beneplácito de Afonso IV  no solo por motivos morales, ya que la situación causó un gran revuelo en la corte, sino por motivos de sucesión. Presionado por los nobles portugueses, el 7 de enero de 1355, cuando Inés de Castro se encontraba en el palacio de Santa Clara de Coimbra, fue asesinada por Pêro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco, por orden de la corona portuguesa, y su cuerpo fue sepultado en Coimbra. Inés de Castro murió dejando tres hijos a Pedro, pero la historia aun no había terminado.
En 1357, el heredero asume el trono y comienza la venganza por la muerte de su amada. En 1360, en la localidad de Cantanhede, afirma que se había casado secretamente con Inés en 1354, en la fronteriza localidad de  Bragança. Su palabra de rey, la de su capellán y la de un criado bastaron para legalizar la unión y legitimar a los hijos de ambos.
Luego le tocó el turno a los asesinos de Inés. Dos de ellos, Pêro Coelho y Álvaro Gonçalves, fueron ejecutados em Santarém. La leyenda dice que a uno le hizo arrancar el corazón por el pecho y al otro por la espalda. El tercero, Diogo Lopes Pacheco, huyó a Francia y finalmente fue perdonado por el rey.

Reina después de muerta

Una de las historias más tétricas y legendarias de la historia de amor entre Pedro e Inés es la ceremonia de coronación. Según una leyenda, que comenzó a circular en el siglo XVI, una vez que su boda quedó legalizada y su condición de reina, dicen que Pedro mandó traer el cadáver de Inés, lo hizo vestir con sus mejores ropas y realizó una ceremonia de coronación en la que hizo sentar a Inés en el trono y obligó a toda la corte a besarle la mano.
Lo que sí es cierto es que el monarca enamorado mandó construir un fabuloso sepulcro para su amada, que es el que hoy se puede observar en Alcobaça. Además, encargó otro similar para su propio descanso eterno (Pedro murió en 1367), que se situaría junto al de Inés.

El mensaje de las tumbas

Tumba de Pedro I (Wikimedia Commons)
Ambas tumbas están realizadas en roca caliza, cuidadosamente labradas con altorrelieves con motivos cotidianos, bíblicos y vegetales, en los que los especialistas han conseguido ver algunos mensajes simbólicos.
En las estatuas yacentes, ambos llevan la corona y están rodeados por seis ángeles que les arreglan las ropas y les levantan la cabeza, en claro simbolismo de que los están elevando hacia el cielo.
En la tumba de Inés, los temas que se representan son la Infancia y la Pasión de Cristo, el Calvario y el Juicio Final. Sobre esta última escena, se cree que Pedro quiso demostrar, con esta representación, que tanto él como su amada tenían un lugar en el Paraíso y que quien los hizo sufrir, incluido su padre y los asesinos de Inés, entrarían por la gran boca de Leviatán, representado en el ángulo inferior derecho.
Además, hay quien dice que los animales que sostienen la tumba de Inés tienen la cara de sus tres asesinos.
En el sepulcro de Pedro I destaca, en la cabecera, una representación de la Rueda de la Vida y la Rueda de la Fortuna. Los episodios labrados en cada una de las doce celdas representan –en la primera rueda– a Inés acariciando a uno de sus hijos, la pareja conviviendo con los tres hijos, Inés y Pedro jugando al ajedrez, una representación tierna de ambos, Inés subyuga una figura prostrada en el suelo, Pedro sentado en un gran trono, Inés sorprendida por sorpresa por los asesinos enviados por Alfonso IV, Inés desmascarando a uno de sus asasinos, Inés es degollada, Inés muerta, el castigo a los asesinos de Inés y, finalmente, Pedro I envuelto en una mortaja.
En las representaciones de la Rueda de la Fortuna hay seis escenas: Inés sentada a la izquierda de Pedro (porque aun no están casados), otra escena pero intercambiados (lo que indica que en esta sí están casados), ambos sentados como en un retrato oficial, Alfonso IV expulsa a Inês del reino, Inés rechaza a un hombre que parece ser Alfonso IV y la última imagen muestra a Pedro e Inés prostrados en el suelo a merced de la figura de la Fortuna.

Cómo llegar
Desde Leiría o Lisboa, se llega por la autopista A8, salida  Alcobaça/Nazaré/Valado dos Frades. A continuación hay que seguir por la carretera Nacional 8-5 en dirección a Alcobaça.

  GPS: 39,548333 -8,980000

Este post es un extracto del capítulo 50 de "50 lugares mágicos para enamorados", de Ediciones Cydonia.

Arcozelo, el cuerpo incorrupto de María Adelaide


En el Norte de Portugal, un buen número de cuerpos incorruptos son venerados como santos, especialmente por las novias, que les entregan como ofrenda su pelo, vestidos nupciales y otros objetos relacionados. Algunos de estos trajes visten los restos venerados como santos, que incluso han presenciado enlaces matrimoniales como si fuese un invitado más.
La mujer entra en la pequeña capilla y hace una señal de reverencia. Sube los tres escalones de mármol, desgastados por los miles de pasos de los devotos, y reza casi en silencio una plegaria. Coloca uno de los exvotos sobre la tapa de cristal que protege el cuerpo incorrupto de la santa. Es solo una de las ofrendas que entregará a Maria Adelaide, ya que en el Museo dedicada a esta santa popular dejará su vestido de novia y la trenza de pelo que llevaba el día de su boda. Quiere agradecer así el haber tenido una buena boda, a la vez que pedirle un venturoso matrimonio.
Es el santuario de Maria Adelaide, ubicado en el cementerio de Arcozelo, en la localidad portuguesa de Vila Nova de Gaia. El recinto, que no escatima lujos a pesar de ser una santa no oficial, acoge el cuerpo incorrupto de una vecina enterrada en la localidad. Su tumba está cubierta por un cristal y dentro de la ajustada capilla se encuentran numerosos santos ‘oficiales’ situados en un pequeño altar. A su alrededor, sorprenden algunos exvotos tradicionales y otros llamativos, como figuras de cera de distintas partes del cuerpo con el nombre de la persona que las ha donado, algunas de tamaño real, y objetos personales relacionados con las bodas, como pelo o trajes de novia. Sobre el sarcófago que alberga el cuerpo, numerosas pequeñas ofrendas dan cuenta de la arraigada y prolífica fe que le profesan sus convecinos.
Como en todo santuario que se precie, aunque no sea oficial, se pueden comprar todo tipo de objetos relacionados con la santa y la fe católica, como muñecos de cera, cruces con la imagen de Cristo, llaveros, rosarios o postales.
En el recinto se encuentra un museo donde se exponen algunos de los exvotos ofrecidos por los visitantes a la santa, especialmente los relacionados con las novias. Así, en este particular museo se acumulan más de medio millar de vestidos de novia, trajes de bautismo y comunión, monedas y notas de devotos más de 25 países, artesanías, cerámicas, collares, anillo, prótesis, cabellos cortados, relojes, camisetas de jugadores de fútbol y fotografías con agradecimientos por los favores recibidos. Es una estampa que se repite en numerosos santuarios esparcidos en todo el mundo cristiano, especialmente en España, Portugal y América del Sur, que reflejan los pequeños o grandes ‘milagros’ que justifican su fama.
Por la capilla del cementerio de Arcozelo se puede ver un trasiego casi continuo de devotos, que rezan una plegaria, tocan con respeto el sarcófago con el cuerpo de Maria Adelaide o cumplen con alguna promesa. Es que Maria Adelaide, como toda santa, tiene su historia piadosa y milagrosa.

Un cuerpo centenario 

En 1915 se descubrió, en buen estado de conservación, el cuerpo de Maria Adelaide de San José e Sousa, treinta años después de su fallecimiento.
Según sus biógrafos, la santa de Arcozelo tuvo una vida ejemplar, ayudaba a la gente pobre, congeniaba con los niños, reconciliaba parejas con problemas matrimoniales y fabricaba con sus propias manos dulces que les servían para ayudar a gente sin recursos.
A pesar de haber nacido en la vecina localidad de Oporto, fue enterrada en el cementerio de Arcozelo en septiembre de 1885. En febrero de 1916 fue abierto el cajón que albergaba los restos de la mujer. Según su biografía, “encontraron el cuerpo de una mujer completamente intacto, como intactas estaban las ropas que lo cubrían y exhalaba un acentuado aroma a rosas”. Esta característica se repite en muchos de los cadáveres, y representa lo que se conoce como “olor de santidad”.
Lejos de preservar el cadáver incorrupto de Adelaide, volvieron a enterrarlo añadiéndole productos químicos que aceleraran su desintegración. Para evitar lo que inevitablemente ocurrió, le pidieron a los presentes que guardaran secreto sobre la incorruptibilidad entre los vecinos. Pero pocos días después el secreto dejó de serlo, y finalmente el cuerpo fue desenterrado por iniciativa popular. María Adelaide continuaba incorrupta, reforzando la idea de que se trataba de una santa. El cuerpo fue lavado dentro de una capilla, le cambiaron las ropas y la colocaron en una urna. Los vecinos pudieron observarla en la primera muestra de devoción, a la que le sucederían otras multitudinarias. Cinco años después fue exhumada nuevamente para su traslado a una nueva capilla. La cal viva que habían echado sobre el cuerpo había provocado algunos daños, pero las crónicas aseguran que seguía incorrupto y con el característico olor a rosas.
Exvotos en el santuario de Maria Adelaide
A partir del 17 de mayo de 1924, el cuerpo de María Adelaide fue expuesto por la fe y devoción del público, que valoraba su cuerpo intacto y su “bondad” como atributos para honrarla como santa. Difícilmente se puede saber por qué Maria Adelaide inspira tanta devoción entre las novias, pero lo cierto es que es una costumbre que existe desde los primeros años. De este hecho da cuenta una nota de agradecimiento publicada en el famoso rotativo portugués Jornal de Notícias, en su edición del 6 de noviembre de 1924. Relata la historia de una mujer que, habiendo hecho la promesa de entregar a la santa su vestido de novia, llegado el momento intentó cambiarlo por otro parecido: Cuando intentaron vestir a Maria Adelaide con el traje, el testimonio dice que “fueron a la capilla para vestir al bendito cuerpo de la ‘santinha’. ¡No lo consiguieron! ¡Una fuerza extraña hacía inútiles todos los esfuerzos! La gente estaba asustada”.
El relato prosigue contando cómo, cuando la propia interesada llevó la prenda verdadera, la que había utilizado en la boda, no tuvo ningún problema en ajustarlo al cuerpo incorrupto de Maria Adelaide: “El vestido le quedó como si fuese hecho para ella. Sin ninguna arruga ni doblez”, reza el relato.
En otro de los más famosos cuerpos incorruptos venerados por las novias en el Norte de Portugal es el de Justa Rita de Lóbrigos. Allí encontramos algunos otros detalles de esta curiosa devoción, extendida por al menos media docena de lugares de la geografía lusa.

Justa Rita, la virgen incorrupta


Justa Rita, como se la conoce popularmente, es venerada también como santa y no son pocos los devotos que se acercan a su mausoleo, ubicado en San Miguel de Lobrigos, cerca de la localidad portuguesa de Vila Real.
Falleció a los 80 años, hace ahora siglo y medio, su cuerpo fue enterrado y exhumado en varias ocasiones y llegó a ser quemado con alquitrán por un grupo de escépticos, aunque eso no impidió que se mantuviese incorrupto y su devoción. Sus restos se mantienen expuestos en un mausoleo protegido por una tapa de cristal en el que se pueden ver las huellas de las quemaduras. Una mujer la cambiaba de ropa y la mantenía aseada, pero cuando su cuidadora murió, hace 20 años, nadie más hizo este servicio.
Las leyendas tejidas en torno a esta santa aseguran que fue enterrada virgen, por lo que la persona que cambiaba su ropa se veían dificultada para hacerlo si había una presencia masculina. Otra historia más reciente cuenta que un matrimonio vino a agradecer un favor a la santa incorrupta, y cuando el hombre tocó su mano, las luces del recinto se apagaron misteriosamente. Estos hechos quizá alimentan la devoción de las novias, que también le ofrecen sus objetos más personales a modo de ofrenda.
Los de Maria Adelaide y Justa Rita son los cuerpos incorruptos más conocidos relacionados con las bodas, pero aun hay otros.

El cadáver preside una boda


La devoción por los cuerpos incorruptos y su relación con las bodas queda reflejada en otros casos ocurridos en el Norte del país luso. Así, en Paredes, en el cementerio de Vilela, se encuentran tres cuerpos sin descomponer, aunque la tradición popular venera especialmente a uno de ellos, de nombre María Carolina. Los restos de esta mujer llegaron a presidir una boda, como uno más de los asistentes a la ceremonia.
Por el romántico nombre de “Princesinha da Calçada” se conoce un cadáver incorrupto que gozó de gran veneración entre las novias, que le ofrecían su vestido antes de la boda. Los días de fiesta local vestían a la santa con uno de estos atuendos matrimoniales, que luego eran a su vez alquilados a otras novias para el día de su boda. Finalmente, la capilla fue cerrada.
El cuerpo de María de Jesús es venerado en Prozelo-Amares, cerca de la ciudad de Braga. Fue asesinada en los años treinta del siglo pasado y el cuerpo fue encontrado a finales de los sesenta por el enterrador.
En Lalim, Lamego, se venera a la Santinha Aparecida, que fue desenterrada alrededor del año 1890, cuando llevaba más de un siglo bajo tierra. El cadáver fue expuesto primero en la iglesia y luego en un palacete local.
En Barcos-Tabuaço se encuentra el cuerpo de Maria Adelaide Sá Meneses, fallecida en junio de 1878. La historia recuerda a esta mujer como una persona despreocupada de la fe. El cuerpo se encuentra expuesto en la capilla de Santa Bárbara y las leyendas locales le atribuyen, como a otros incorruptos, el crecimiento de pelo y uñas, hasta el punto que dicen que cuando falleció no tenía cabello en la cabeza, y que después de muerta lo recuperó.

Esta historia está incluida en mi libro "Narcosantos y otras extrañas devociones".

Balasar, el milagro de la cruz de tierra

Balasar es una pequeña localidad del Norte de Portugal, situada entre Vilanova de Famalicão y Poboa do Varzim. Estas tierras prolíficas en olivos y frutos fueron en un tiempo dominio de la Orden de los Caballeros de Cristo –herederos en Portugal de los Templarios- y mucho antes pertenecieron a la Bracara Augusta (hoy ciudad de Braga), la ‘Roma portuguesa’. Pero la referencia espiritual de esta acogedora villa está marcada por la aparición de una cruz de tierra en un lugar conocido como Calvario.
Cuentan que los fieles de Balasar iban a misa a la iglesia de Santa Eulalia el día de Corpus Christi de 1832, cuando vieron sobre la tierra una cruz perfectamente dibujada. Según las crónicas de la época, la tierra aparecía más clara que la que la rodeaba, formando una cruz de 3 metros de largo y con un travesaño de 1,6 metros. Según relata el entonces párroco de Balasar, António José de Azevedo, en un documento conservado en la curia de Braga y cuya copia se encuentra en los archivos parroquiales de Balasar, “la tierra que mostraba esta cruz era de color más blanco que la otra y parecía que habiendo caído rocío en toda la tierra, en aquel sitio con forma de cruz no había caído rocío alguno”.
El relato del párroco califica al hallazgo de los lugareños como “caso raro” y asegura que realizó algunas pruebas para intentar borrar –sin éxito- la cruz de tierra: “Mandé barrer todo el polvo y la tierra suelta que estaba en aquel sitio, y continuó apareciendo en el mismo sitio con forma de cruz”. Además, António José de Azevedo describe en su misiva al arzobispado de Braga que el color de la tierra cambió: “mandé luego echar agua en abundancia –relata el párroco de Balasar- tanto en la cruz como en la tierra de alrededor, y entonces la tierra que presentaba forma de cruz apareció de color negro, que hasta el momento se ha conservado”.
Tras las pruebas, el sacerdote describe a sus superiores como “en los días oscuros se divisa con claridad la forma de la cruz a cualquier hora del día, y en los días de sol claro se ve muy bien la forma de la cruz, de mañana hasta las 9 horas; y de tarde, cuando el sol se esconde hacia el occidente, y en lo más alto del día, no es bien visible”.
El propio sacerdote señala que la aparición de Balasar provocó una reactivación de la fe de los lugareños, que veían en el fenómeno un milagro. “Una vez divulgada la noticia de la aparición de esta cruz, comenzó a concurrir el pueblo a venerarla. La adornaban con flores y le dejaban algunas limosnas”.
Las monedas que aportaron los aldeanos permitieron la construcción de la pequeña capilla que rodea escuetamente la cruz, hecha de ladrillo y aspecto austero que se levantó ese mismo año de 1832, con la debida autorización de la curia portuguesa. La devoción por la cruz de tierra fue aumentando en los años siguientes y en torno a la pequeña capilla se creo una cofradía que tenía por finalidad promover la fiesta de la Santa Cruz de Balasar. Según las crónicas, las manifestaciones religiosas en torno a la cruz fueron “imponentes” por el número de peregrinos y por la solemnidad. 
Pero poco a poco la fe en la cruz se fue apagando y hoy en día la silueta en forma de cruz considerada “milagrosa” durante el pasado siglo se encuentra resguardada en la ajustada capilla y cubierta por una estructura de cristal, que en todo caso impide ver aquellas diferencias de color que la hicieron famosa. 
Pero la fe cristiana en Balasar tuvo y tiene otros referentes más modernos. En la iglesia contigua, dedicada a Santa Eulalia, se encuentra enterrada la beata Alexandrina da Costa, de quien hablaremos en otra ocasión porque es protagonista de un caso de anorexia mística.


Otra cruz de tierra


El Templo do Senhor Bom Jesus da Cruz de Barcelos, que data del siglo XVIII, tiene su origen en la aparición “milagrosa” de una cruz de tierra negra en el suelo lleno de barro del Campo da Feira, en el año 1504. Y fue este milagro el que dio origen a la Festa das Cruzes’, que se celebra en esta localidad del norte de Portugal el 3 de mayo.